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16 de mayo de 2015

Me resulta hipócrita...

ME RESULTA HIPOCRITA ESCUCHAR.. "NI COMUNISMO NI CAPITALISMO, NI UN EXTREMO NI OTRO"




El Capitalismo surge inevitablemente cuando se respetan dos derechos humanos: la propiedad privada y la libertad de comercio o dicho de otra manera la libertad de intercambiar voluntariamente bienes y servicios con nuestros semejantes.
El comunismo surge donde se restringen o eliminan estos dos derechos humanos.
No existe país del mundo donde se respeten estos dos derechos donde el capitalismo no se desarrolle y más se desarrolla cuando más se los respeta. Así como no existe país del mundo que pueda aplicar un sistema comunista digno de tal nombre sin comenzar por negar estos derechos.
Uno el capitalismo es un logro de la civilización que no ha sido superado (no digo que no lo sea).
El comunismo o su versión light el socialismo un retroceso a las épocas en las que la humanidad no había conocido la división de poderes, la libertad de prensa, la libertad de religión, la libertad de comercio, ni el respeto a la propiedad privada.
No hay punto de comparación entre uno y otro, por imperfectas que sean las condiciones actuales de muchos países capitalistas.
El respeto a los derechos individuales que hacen posible "inevitablemente" el capitalismo son un punto de partida irrenunciable en el nivel de evolución humana.
GV

12 de marzo de 2015

La herencia de 12 años de populismo

Por Javier Milei. (*)






La historia económica argentina del Siglo XX y la que va del presente es la crónica de una decadencia sin parangón a nivel mundial. El país, que durante la primera mitad del siglo XX se encontraba entre los países más rico del mundo, luego de haber sido sometido a la aplicación sistemática del manual de política económica heterodoxa (mezcla de la irresponsabilidad fiscal keynesiana y los groseros desatinos monetarios de los estructuralistas locales) durante cerca de setenta años, hoy nos encuentra en la categoría de país de frontera (menos que emergente) y posicionados en un sendero inclinado que, salvo que tomemos el toro por las astas, nos verá en un futuro ocupando la posición de país pobre. Así como al inicio del siglo pasado se nos veía como una potencia con capacidad de disputarle el liderazgo mundial a los Estados Unidos, hoy lucimos como un país que tiene un destino asimilable al presente africano.

La evidencia empírica internacional muestra que en aquellos países donde la inflación es alta y donde existan mercados paralelos, retraso cambiario, déficit fiscal, bajos niveles de monetización y cierre de la economía, el resultado es una feroz pérdida de riqueza. En esta línea, si uno observa que la gestión kirchnerista hizo trepar la tasa de inflación del 3,8% al 40%, gestó una brecha cambiaria en torno al 50%, redujo el resultado fiscal primario en 6 puntos porcentuales del PIB, los agregados monetarios se estancaron y cada día se cierra mas a la economía, no resulta difícil entender por qué Argentina muestra un producto per-cápita que oscila entre USD 13.000 y USD 9.000 (según sea el tipo de cambio que se considere) cuando debería tener un ingreso per-cápita en torno a los USD 30.000 que surge de considerar conjuntamente el crecimiento tendencial, la presencia de convergencia y el mejor contexto internacional de la historia. Esto es, la magnitud del fracaso asciende a una diferencia en el PIB por habitante del 130% medido al tipo de cambio oficial y de 260% cuando se usa el paralelo. Tal como señala el especialista en crecimiento y desarrollo, William Easterly: "Los malos gobiernos, al igual que la mala suerte, pueden acabar con el crecimiento".

Al mismo tiempo, más allá de los daños en torno a la oportunidad perdida, todos los motores del crecimiento han sido brutamente estropeados. La estimulación del consumo sin contrapartida sólida en términos de ingreso permanente ha llevado a una merma en el ahorro y en la inversión, de modo tal que nos hemos consumido una parte importante del capital físico. Sin lugar a dudas, el caso más escandaloso es el de la inversión en infraestructura, donde el gobierno (quien buscó liderar dicho proceso), pese a contar con la mayor cantidad de recursos de la historia, invierte como en períodos de vacas flacas y con peores resultados.

Por otra parte, en materia educativa, los resultados en las pruebas PISA dan cuenta de la pésima calidad en nuestro capital humano, donde por ejemplo, en matemáticas, los resultados muestran que estamos un 35% por debajo del promedio de los países de la OCDE, al tiempo que cerca del 70% no llega a cubrir los conocimientos mínimos y menos del 0,5% puede alcanzar niveles de excelencia. Algo similar nos sucede en lectura y literatura. Esta situación se ve agrava aún más si consideramos que Argentina está disfrutando la fase de la transición demográfica que permite repotenciar la tasa de crecimiento, para lo cual se requiere de acciones coordinadas en materia de capital humano, sistema previsional, estabilidad macroeconómica e instituciones de modo tal que sea posible acelerar la convergencia al mundo desarrollado. Sin embargo, un contexto en el que prolifera la desnutrición infantil, se jubilan personas sin aportes al tiempo que los fondos previsionales se invierten de modo cuestionable, una tasa de inflación creciente que castiga al ahorro y un continuo atropello a las libertades individuales, todo hace parecer que nuestro país estuviera empecinado en convertir al bono demográfico en un regalo envenenado.

Paralelamente, tampoco es menor el daño causado en el aspecto institucional. No sólo se ha tomado una visión relativista de la justicia (la cual mira de reojo por debajo de la venda para dar crédito a quien viola la ley) que no solo invierte la responsabilidad de los crímenes haciendo una víctima del victimario y viceversa, sino que además, el respeto de los derechos de propiedad se ha transformado en un objeto de máxima elasticidad. En este sentido, mientras que en casi todos los países del mundo se avanza hacia la liberta económica (los países libres son en promedio 9,5 veces más rico y tienen una incidencia de la pobreza 75% menor que en los países reprimidos), en nuestro país no paramos de retroceder. La contracara de ello es un riesgo país que hace de la inversión un acto heroico, aún admirable hasta para un Cíclope. De hecho, si Argentina hubiera llevado un conjunto de políticas similares al resto de los emergentes, sus activos financieros y el stock de capital físico se deberían haber triplicado. Puesto en otros términos, desde 1998 (pico de ciclo en Argentina) a la fecha, el promedio de América Latina incrementó su producto por habitante en un 80% mientras que nuestro país, a tipo de cambio oficial, ha caído un 10%.

Adicionalmente, se ha dañado el capital social. La continua exacerbación de la puja distributiva encarada por el Gobierno ha llenado a la sociedad de animosidad y resentimiento, la cual, busca mediante el uso y el abuso del poder la utopía de la igualdad de resultados, cuando lo que se debería reclamar son las condiciones para que cada persona se pueda desarrollar libremente, percibiendo los beneficios de sus esfuerzos y pagando los costos de sus errores. En otras palabras, nos vemos atrapados en un marco que ha pervertido profundamente al sistema de incentivos que conduce a la creación de riqueza, donde el mismo, entre otra infinidad de cosas, promueve estudiantes sin aplazos, el castigo al exitoso, la pontificación del fracaso, vivir del trabajo ajeno y la multiplicación desenfrenada de delincuentes sin condena.

En definitiva, no sólo que no hemos podido aprovechar una oportunidad histórica para acelerar la convergencia (y así poder ingresar al pelotón de los países de altos ingresos), sino que a su vez, el populismo-keynesiano-estructuralista nos ha posicionado en un sendero que nos conduce a un futuro de extrema pobreza. Sin embargo, cargar toda la responsabilidad sobre kirchnerismo y parte de la corporación política es una simplificación adolescente, ya que como señalara Ayn Rand: "La raíz de todos los desastres modernos son de índole filosófica y moral. La gente no abraza al colectivismo por haber sido cooptados por una mala teoría económica. La gente acepta a la mala teoría económica porque ha decidido abrazarse al colectivismo". Esto es, si la sociedad no cambia sus valores, estamos condenados a hundirnos en la más absurda de las miserias.


(*) Javier Milei es economista jefe de la Mesa de Economía de la Fundación Acordar.

27 de septiembre de 2014

Roma, la primera víctima del populismo


Por Javier Milei. (*)
Mayo de 2014.


Los habitantes de la Roma antigua tenían un estándar de vida elevado. Aún hoy, los turistas siguen maravillándose de los templos, los baños, las calles y los acueductos que aquella antigua civilización había logrado construir. Alrededor del año 100 A. C., Roma tenía calles mejor pavimentadas, un mejor sistema de evacuación y abastecimiento del agua y mejor protección contra los incendios que las capitales de la Europa civilizada del 1800 (Mokyr).

Las explicaciones para el sorprendentemente elevado estándar de vida en el Alto Imperio no pueden basarse sobre ninguna tecnología espectacular de la época. Por lo contrario, el motivo de dichos logros se debe a que los mercados de bienes, la disponibilidad de mano de obra y los mercados de capitales se desarrollaron adecuadamente durante la Roma antigua, lo cual contribuyó a promover la especialización y la eficiencia. Esto es, las instituciones propias del mercado y un sistema de gobierno estable fueron los ingredientes básicos que produjeron este admirable resultado.

Así, al llegar el Imperio Romano a su cénit en el siglo II –bajo los Antonios, los emperadores "buenos"–, se había instaurado un avanzado régimen de división social del trabajo al amparo de un activo comercio interregional. Varios centros metropolitanos, un número considerable de ciudades y muchas aglomeraciones urbanas más pequeñas constituían núcleos de refinada civilización. Los habitantes de estas poblaciones eran abastecidos de alimentos y materias primas procedentes no ya de las comarcas agrícolas próximas, sino también de provincias lejanas. Algunos de estos suministros fluían en concepto de rentas, pero la porción más considerable provenía del intercambio de los productos manufacturados de los habitantes de la ciudad y los artículos ofrecidos por los miembros de la población rural. Se registraba además un comercio intensivo entre las distintas regiones del vasto imperio. Tanto la industria como la agricultura tendían a un nivel creciente de especialización. Las diversas partes del imperio no eran económicamente autárquicas sino que operaban de modo interdependiente.

En este contexto floreciente apareció por primera vez el populismo. El lema de los gobernantes en Roma era "panem et circenses" (pan y circo), premisas bajos las cuales el Estado garantizaba las conquistas sociales de los pobres (Huerta de Soto). El comercio de cereales y demás bienes considerados de primera necesidad se convirtieron en objeto de la intervención por parte de las autoridades del imperio. Se consideraba inmoral pedir por los artículos esenciales precios superiores a los que las gentes estimaban normales. Las autoridades intervenían enérgicamente para cortar lo que consideraban abusos de los especuladores. La escasez fue atacada mediante la implementación de la annona (nacionalización del comercio de granos), la cual fracasó de manera rotunda empeorando aún más las cosas. Los cereales escaseaban en las aglomeraciones urbanas y los agricultores, por su parte, se quejaban de que el cultivo no era rentable a los precios fijados. La creciente interferencia de las autoridades impedía que se equilibrara la oferta con una siempre creciente demanda.

El desastre final sobrevino cuando, ante los disturbios sociales de los siglos III y IV, los emperadores decidieron financiar el déficit del Estado degradando la calidad de la moneda. Tales prácticas inflacionarias, unidas a controles de precios, definitivamente paralizaron la producción y el comercio, desintegrando toda la organización económica. Para no morir de hambre, la gente huía de las ciudades; retornaban al agro, dedicándose al cultivo de cereales, olivos, vides y otros productos, pero sólo para el propio consumo. Paso a paso, la agricultura en gran escala resultaba cada vez menos racional dados los exiguos precios. A su vez, como los propietarios rurales no podían vender en las ciudades, los artesanos urbanos perdieron también su clientela. Al final, el terrateniente abandonó la explotación en gran escala y se convirtió en mero receptor de rentas abonadas por arrendatarios y aparceros. Los latifundios fueron haciéndose cada vez más autárquicos. La actividad económica de las grandes urbes, el comercio mercantil y el desenvolvimiento de la manufacturas ciudadanas se redujo de modo notable. El progreso de la división del trabajo se derrumbó, tanto en Italia como en las provincias del imperio. La economía de la antigua civilización (que había alcanzado tan alto nivel) retrocedió a un status que hoy denominaríamos feudal, el cual se volvió a recuperar entre fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX.

En función de ello cabe preguntarnos qué hubiera pasado con el desarrollo de la humanidad si el Imperio Romano no hubiese caído, entre otras cosas, en las garras del populismo. Para construir este contrafáctico resulta clave el punto donde se corta la serie romana y el empalme en torno a la Edad Moderna. Para ello trabajaremos con el modelo de crecimiento unificado de Oded Galor, quien combina en un modelo los resultados malthusianos con el crecimiento endógeno basado en la acumulación de capital humano y la transición demográfica. Respecto al primer corte, el mismo estaría dado en el año 350 D. C., momento en que se produjo la decantación del sistema de políticas populistas combinadas con controles de precios ligadas al Edicto de Diocleciano (301 D. C.). Por otra parte, en cuanto al empalme, el mismo tendría lugar en el año 1450 D. C., cuando se estima que Gutenberg habría creado la imprenta. De hecho, algunos historiadores han sostenido que la libre difusión de la investigación científica y la ilustración fueron importantes precursores de la Revolución Industrial (David, 1998, 2004; Mokyr, 2002). Esto es, el camino hacia la industrialización habría sido sumamente más difícil de no haber existido la imprenta.

Por lo tanto, en función de dicha hipótesis, el mundo habría alcanzado el mismo PIB per cápita que el del año 2000 D. C. en el año 903 D. C. A su vez, en el año 936 D. C. se hubieran superado los 6.000 millones de habitantes y los 11.000 millones que se esperan para el 2100 D. C. se habrían alcanzado en el año 1038 D. C. En la misma línea, el hombre habría llegado a la Luna en el intervalo de tiempo que va desde el año 879 D. C. (por criterio PIB per cápita) al año 903 D. C. (criterio poblacional). Es más: si a partir del año 901 D. C. (momento en que se agotan los años de empalme) se supone que el PIB por habitante replicaría el crecimiento del siglo XX del 1,6% (pese a que hoy supera el 3%), el nivel de dicha variable en la actualidad sería 32,65 millones mayor que el actual, al tiempo que la población se habría multiplicado por 33,84 veces.

Naturalmente Ud., al igual que Kenneth Boulding, podría sostener que "todo aquel que crea que el crecimiento exponencial puede continuar indefinidamente en un planeta finito está loco o es economista". Por otra parte, podría darle crédito a la hipótesis de la singularidad (piense en las recientes hamburguesas generadas desde células madres de una vaca que se han impreso en un laboratorio con sabor similar a las convencionales). Sin embargo, más allá de todo esto, lo que debería quedar en claro es que la implementación del sistema populista no solo extendió la miseria del pueblo romano en aquel entonces, sino que además hundió al bienestar del mundo en una brutal oscuridad de la cual costó 1.100 años salir de ella.


(*) Javier Milei es economista y coordinador de la Mesa de Economía de la Fundación Acordar.